Y así las dulces
y tenues notas musicales se mezclaron con el viento, viajando a merced de éste
entre nosotros, colándose por nuestros canales auditivos, haciendo que
sintiéramos escalofríos, sentimientos encontrados de tristeza y felicidad. La
música bailaba alrededor hojas de los
árboles, entre las personas jugando en una parte del parque, entre los
columpios, alrededor de ella. Ella. Tan tranquila, tan simple, ajena a lo que
producía en las personas, seguía tocando deleitando a su público, sin siquiera
saber que tenía uno. Así era ella cuando tocaba, se dejaba absorber totalmente
por su instrumento olvidándose de donde estaba, sólo siendo ella, sus dedos,
las cuerdas de su cello. Y ahí está yo, admirándola desde una esquina como
tantos otros, como una persona más, pero, a diferencia de esas otras personas,
para mi ella para mí no era sólo alguien
más, era la mujer de mi vida, mi prometida, mi futura esposa. Y sabía que para ella yo tampoco era sólo era otra persona del público. Lo sabía,
al momento en que dejo de tocar, largo un gran suspiro, y levanto su mirada conectándola inmediatamente con la mía. Lo sabía,
cuando una pequeña sonrisa apareció en sus labios diciéndome que yo también era
especial para ella.
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