domingo, 25 de enero de 2015

Especial

Y así las dulces y tenues notas musicales se mezclaron con el viento, viajando a merced de éste entre nosotros, colándose por nuestros canales auditivos, haciendo que sintiéramos escalofríos, sentimientos encontrados de tristeza y felicidad. La música bailaba  alrededor hojas de los árboles, entre las personas jugando en una parte del parque, entre los columpios, alrededor de ella. Ella. Tan tranquila, tan simple, ajena a lo que producía en las personas, seguía tocando deleitando a su público, sin siquiera saber que tenía uno. Así era ella cuando tocaba, se dejaba absorber totalmente por su instrumento olvidándose de donde estaba, sólo siendo ella, sus dedos, las cuerdas de su cello. Y ahí está yo, admirándola desde una esquina como tantos otros, como una persona más, pero, a diferencia de esas otras personas, para mi  ella para mí no era sólo alguien más, era la mujer de mi vida, mi prometida, mi futura esposa. Y  sabía que para ella yo tampoco era  sólo era otra persona del público. Lo sabía, al momento en que dejo de tocar, largo un gran suspiro, y levanto su mirada  conectándola inmediatamente con la mía. Lo sabía, cuando  una pequeña sonrisa apareció  en sus labios diciéndome que yo también era especial para ella.